12 horas sobre el pavimento
- 21 oct 2024
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Todos los días cuando el reloj marca las 6:00 de la mañana Mercedes comienza su día. Vive junto a sus tres hijos en un cuarto de 2x2 metros cuadrados, cuyas paredes de concreto apenas los aíslan del frío exterior y un techo de lámina.
Sus hijos: Pablito, de 12 años; Pedrito, de 7, y el pequeño de 2 años, aún duermen cuando ella se levanta. Pero pronto deben prepararse para una larga jornada.
A las 7:00, Mercedes despierta a los niños y, tras un desayuno ligero salen de su casa para dirigirse a su "trabajo" en la Diagonal 6 del Boulevard Los Próceres, una de las zonas más acaudaladas de Guatemala.
Caminan juntos por las calles, donde ya empieza el bullicio de la ciudad. Al llegar, lo primero que hacen es pintarse el rostro con maquillaje de payaso. Es su táctica para atraer la mirada de los conductores que transitan por la zona, aunque detrás de esas sonrisas dibujadas, esconden su tristeza.
Dos semanas atrás la sonrisa de Pablito era verdadera porque tenía que asistir a la escuela con sus amigos y no tenía que trabajar.
Una iglesia evangélica lo tiene estudiando becado en un colegio, pero es Mercedes quien debe hacerse cargo de los gastos adicionales como alimentación y gastos de tareas.
En su nueva realidad, Pablito, interactúa todo el día con extraños a quienes le pide un quetzal, cuando antes compartía con sus amigos.
Por otro lado, Pedrito, que debería estar en primer grado, nunca ha podido asistir a la escuela. La situación económica de Mercedes no se lo permite.
Su tarea es cuidar al hermano menor, un niño de 2 años; mientras un niño cuida a otro niño, su hermano mayor acompaña a su madre a pedir unas monedas para sobrevivir.

Mercedes y sus hijos después de una ardua jornada laboral. Fotografía: Adriana Zanoncini.
A las 8:00 am comienza oficialmente su jornada laboral. El semáforo, que tarda entre 60 segundos en cambiar de rojo a verde, marca el ritmo de su trabajo. En esos pocos segundos, Mercedes y Pablito corren entre los carros, extendiendo la mano, pidiendo dinero. A veces, es una moneda; otras veces, un billete. En ocasiones, no reciben nada más que miradas de indiferencia.
El cansancio comienza a aparecer a media mañana, pero Mercedes no tiene tiempo para detenerse. A las 11:00 am, el sol ya castiga con fuerza, y los niños comienzan a sentir los estragos del calor. Sin embargo, siguen adelante, sabiendo que, si paran, no habrá suficiente para comer. "No puedo darme el lujo de descansar", me dice Mercedes, mientras observa a Pedrito, que lucha por mantener al pequeño en brazos.
Cuando el reloj marca el mediodía, llega el momento de la primera comida del día. Para entonces, han logrado reunir entre 40 y 90 quetzales, dependiendo de la generosidad de la gente.
La mayoría de las veces, su comida consiste en lo que puedan comprar en las ventas ambulantes cercanas, generalmente tortillas con frijoles o un plato de arroz. “Con lo que ganamos a esta hora, comemos los cuatro”, dice Mercedes, con la voz apagada por el cansancio.
El día sigue su curso, y la tarde trae consigo un pequeño alivio en el calor, pero no en el trabajo. A las 3:00 pm, los niños ya están agotados. Pablito, que solía ser un niño hablador, ahora guarda silencio. Pedrito, por su parte, observa a los niños que pasan de camino a sus casas, con libros y mochilas, y parece preguntarse por qué su vida es tan diferente.
El pequeño de 2 años, ajeno a todo lo que sucede, llora con frecuencia, pidiendo brazos o simplemente algo de atención. Mercedes lo carga mientras sigue pidiendo, sin dejar de moverse. “No tengo otra opción”, me explica. “Si me detengo, no comemos”.

Mercedes con hijo más pequeño en brazos. Fotografía: Adriana Zanoncini.
A las 6:00 pm, la intensidad del tráfico comienza a disminuir, y con ella, las posibilidades de recibir más donaciones. El cansancio en los rostros de los niños es evidente. Sin embargo, Mercedes no se detiene hasta que el reloj marca las 7:00 u 8:00 de la noche.
Es entonces cuando recoge sus cosas, y revisa las ganancias del día. Con suerte, han logrado juntar entre 100 y 120 quetzales.
La vida de Mercedes es un retrato crudo de las dos realidades que coexisten en Guatemala. A diario, se enfrenta a la necesidad de sobrevivir en una de las zonas más ricas del país, donde el contraste entre su situación y la de los conductores que pasan en lujosos autos es evidente.
“El pobre ayuda al pobre”, me dice Mercedes, explicando que son los taxistas, mensajeros de comida rápida y otros trabajadores informales quienes más colaboran con ella. Los que viven del día a día, como ella misma, son los que tienden a ofrecer una moneda o comida.
A las 8:00 pm, Mercedes y sus hijos regresan a su pequeño cuarto de concreto. Mañana será otro día igual, con las mismas calles, los mismos semáforos y la misma lucha por sobrevivir.

Pablito y Pedrito después de 12 horas sobre el pavimento. Fotografía: Adriana Zanoncini.



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